A la mañana, las cosas se abarrotan unas con otras en mi cabeza, y todas juntas me tiran de la cama.
Que manera tan baja de comenzar el día. Me salva mi boca, que a modo automático agradece a Di-os que le devolvió el alma y a su vez agradece haber despertado.
Con esa cabeza turbia, me pregunto, como me voy a volcar a seguir enunciando plegarias es como querer nadar con las piernas enyesadas. Ni hablar de convocar a Di-os nuevamente, porque a veces creo que desde arriba me esta diciendo: mejor ahora no, volvé a la tarde.
Y así, comienzo mi día, gritando, malpensando, gritando otra vez, confundida y son las tres de la tarde y no se por donde empezar, ni que empezar.
Días de invierno.
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